
Entras. Te vas preparando, mentalizándote para lo que va a ocurrir a continuación. Segundos antes en el porche un mayordomo o un señor disfrazado de mayordomo que se hace llamar ____ te ha dado la bienvenida, colocándote una placa identificativa con tu nombre en el hábito y finalmente te ha cubierto el rostro con una capucha negra. Tu nombre es _____. Oyes los lejanos acordes de un órgano definitivamente desafinado y piensas en ___ y en su pasión ridícula por este instrumento. La música se torna hipnótica, un coro de mujeres canta algo en gaélico o en latín. Muy parecido a oh little boy, say goodbye, goodbye to whiskey pero pondrías tus dos manos en el fuego de la hoguera más puta de San Juan de que es en latín o en gaélico.
Y ahí ya sabes que cometiste un error, que jamás debiste dejar a ___ y que lo que tú creías que eran sus mayores defectos en realidad eran sus mayores virtudes. Y que fuiste un cretino al no valorar del todo esos pequeños detalles en los que ella por ejemplo te acariciaba sin mirarte, clavando sus preciosos ojos amariturquesas en la recién colocada tarima flotante de vuestro flamante apartamento. Y pensaste que era fría, que no te miraba a los ojos y joder, por los clavos de Cristo, te estaba acariciando tu asqueroso y grasiento pelo irlandés. ¿Y qué más querías? Te tocaba con sus sagrados dedos de escultura miguelangélica. De Virgen de palio. Y creías que el norte siempre sería el norte, aunque la veleta saliera volando por culpa de cualquier tornado cotidiano. Pero tú no te dabas cuenta de nada. Todo te parecía una soberana mierda cuando volvías de ese trabajo pestilente que tenías… y ahora (¡ahora!) suenan unos violines estremecedores que te van meciendo, haciendo que entres en el juego del maestro del ritual, que comienza a hablar o a cantar quizás sobre el cordero de Dios -qui tollis peccata mundi-, es igual, porque en este punto ya sólo escuchas mi voz.
La voz del narrador que todavía no sabe qué hacer contigo, si sacrificarte como a un perro sarnoso en un altar ostentoso o hacerte partícipe de una orgía inolvidable con virginales chicas que estuviesen desnudas y todo. En cambio, amigo, en realidad eres ____, el mayordomo; y ese pobre hombre del que hablaba soy yo, el narrador.
Hagamos el amor.
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Este es el tipo de cosas que hago durante mis viajes en trenes de cercanías. Siempre procuro sentarme en el vagón más vacío.
¿Recordáis aquellas manos locas? ¡Qué locura de juego, ¿eh?! Las retiraron del mercado por pasarse de la raya. Rozaban la vesania. Los niños todavía no estábamos preparados para semejante derroche de adrenalina. Demasiado loco, sí. De todos modos, sinceramente, yo creo que en un futuro todos los seres humanos tendrán estos brazos en vez de los de carne y hueso que ahora gastamos.
Y para explicar esta teoría qué mejor que el fragmento de una entrevista que le hicieron en su día (cuando estaba vivo) a Camilo José Cela:
- ¿Se siente usted como un escritor gallego?
- Hombre, soy gallego y soy escritor. Claro que sí. No me voy a sentir como un pederasta chino…
Pues eso. A lo mejor no tiene nada que ver, pero me apetecía ponerlo.
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Pero al final creo que no me va a dar tiempo.
Bueno, a ver, os informo. Por lo visto en los cementerios de EEUU son muy populares las lápidas con pantallas en las que se reproducen imágenes en vida del fallecido. Menos mal que he añadido “en vida”, porque ya andábais cagadetes, eh, que de estos yankis ya se espera uno cualquier cosa. He leído la noticia en 20 minutos, donde recogen la queja de una viuda: “Estaba de rodillas junto a la tumba de mi esposo, rezando, cuando oí una voz, risas y músicas detrás de mí; era de la lápida de un difunto que estaba frente a la de mi marido”. También añaden que esta práctica se está empezando a poner de moda en el norte de Europa.
No seré yo quien critique esta nueva moda, pero joder, poned los vídeos en modo mute (lo escribo en inglés para parecer cool) y con una entrada de cascos, ¿no? Siempre he defendido la idea de tomarnos menos en serio a la muerte, reirnos de ella y tal. Pero pienso en la personas que están allí celebrando un entierro y qué menos que respetarles. No es plato de buen gusto estar llorando por tu familiar y escuchar de fondo esta mierda, solapándose con risas. Eso sería demasiado truculento. Imaginad el tipo de imágenes que pondrían… bodas, bautizos, cumpleaños, etc. Vamos, que vas a salir tajado en todas. ¿Qué será lo próximo? ¿Hacerse fan del vídeo de la lápida de Menganito en Facebook? (Menganito lo he dicho al azar, tranquilos, todavía no ha muerto).
Hay algo que tarde o temprano vamos a terminar por hacer y yo lo aplaudiría porque lo llevo pensando desde que era pequeño: Sustituir las lápidas por recreaciones del fallecido en cera. Una vez muerto, lo tenemos a huevo. El molde ahí está, coño, lo está pidiendo a gritos. El cadáver tumbado boca arriba en el frío metal del depósito mientras que un artista va esparciendo concienzudamente la cera con un cuenco de barro. Los cementerios estarían llenos de muñecos tumbados en la hierba, disfrutando de un paisaje bucólico. No se me ocurre cosa mejor. Una vez que el cadáver se va descomponiendo, el asunto cada vez se asemeja más al huevo Kinder. La sorpresa serían los huesos, en plan “construye el cuerpo humano de tu familiar”. Algo pedagógico, del palo “Érase una Vez… El Cuerpo Humano” .Y también nos ahorraríamos la broma de las pantallas, con un iPod enchufado a las orejas de los muñecos va que chuta. Ahí le meteríamos su música preferida, los vídeos personales, etc. Podríamos compartir auriculares con él, como cuando hacíamos en vida durante aquellos viajes en bus de Barcelona a Cadaqués, por poner un ejemplo. Tendría menos encanto, sí. Porque se daría la siguiente conversación:
- Hola, Federico. ¿Adónde vas?
- Al cementerio, a visitar a mi tita Cleo.
- Ah, muy bien. Para llevarle flores y tal ¿no?
- No, para llevarle el iPod con la batería cargada.
Lo único que me echa para atrás de todo esto es que las recreaciones serían, en su mayoría, de personas ya mayores. La senectud esparcida por ahí, al libre albedrío. Sería como una residencia de la tercera edad pero con algo menos de marcha. El horror.
Open tos los windows por los laterales:
http://www.youtube.com/watch?v=eynsdERpTRk
Josele, el intervalo de tiempo del Joder, lo han vuelto a hacer (II) es un enlace. Pincha, no tengas miedo.
La peña de la clase del preparador a la que voy han descubierto que yo soy el famoso opositor del blog. Hasta ahora no me he relacionado con ellos, en su mayoría son mujeres de mediana edad que posiblemente lo flipen con Sexo en Nueva York y eso es algo que va contra mis principios. Hay algunos chicos, pero ciertamente, son escoria. Ellos tampoco es que me hagan mucho caso. Aunque en realidad allí nadie se hace caso, cada uno va a lo suyo. Porque pensémoslo bien, ¿qué son? Rivales. El buen rollo sería una prueba latente de hipocresía.
Fueron segundos de desconcierto tras destaparse el pastel. “¿Cómo? ¿tú eres el opositor?” “Es una broma, ¿verdad?” “¡Te sigo desde culturista embarazado!” Luego hubieron palmas y vítores. La clase continuaba y mientras, con el rabillo del ojo, veía que las mujeres me miraban de otra manera, más interesadas. Las muy arpías. Cuando terminamos, ya en la calle, escuché que algunos cuchicheaban. Decían cosas como “pues en persona es un cabrón. Se lo tiene muy creído”. “Me lo esperaba más alto”. “Sí, es que Internet engorda”. No necesito vuestra admiración. Fijaos, os lo digo desde aquí, desde el anonimato que nos brinda Internet. Porque cuando os vea la semana que viene os ignoraré de la manera más insultante posible. Es broma, chicos. Tampoco deseo que me déis una paliza entre todos. Pero joder, venga, no seamos amiguitos, ¿vale?
¿El preparador? El más hijoputa de todos.
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Ojo, ojo, ojo. Ojito al intervalo 3:40-3:45. Cuidao eh.